Hay una presencia en el aire, una ternura que no se toca con las manos pero que abraza el espíritu. La luz del sol ya sea dorada al amanecer, suave como un susurro tibio en la tarde, o fuego al caer el día. Es un lenguaje que entiendo sin palabras. Me habla de ciclos, de esperanza, de renacimiento. Las ardillas corren sin miedo, y yo en silencio, aprendo de ellas la alegría simple del movimiento, de estar viva, de pertenecer a este pequeño paraíso que, cada día se me ofrece como un regalo que nadie más ve. Como un secreto entre la naturaleza y mi alma.
No necesito más que esto para sentirme completa:un balcón, un cielo, los árboles que me nombran sin voz, y esta gratitud que me habita entera. El paisaje no está junto a mi recámara... está dentro de mí. Se cuela en mi respiración, en mis pensamientos, en la manera en que miro el mundo. A veces creo que fue creado para recordarme que lo esencial no se compra ni se busca: se contempla. Se ama. Se agradece. Y yo lo hago cada día con el corazón desbordado, hago mi vida mejor.
>Con cariño y respeto,
Karina de: Hagamos la Vida Mejor
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